La corrección del libro va por buen camino y, para amenizar la espera, os traigo otro avance. Esta vez, un capítulo entero.
Trata sobre Alrojer, señor de Puerto Umbría y comandante de la campaña que están librando contra Hertford.
Tened en cuenta que la saga está escrita desde diferentes puntos de vista. El primer libro, GLORIA PERPETUA, tiene nueve. Ya vimos a Aizan en enero y ahora le toca a Alrojer.
Estos dos capítulos no son los primeros del libro; son simplemente dos avances.
Espero que los disfrutéis.
ALROJER
En su mesa de trabajo se puso a pensar en las probabilidades que había de que sobreviviese a la campaña. Campaña que se presentaba larga. ¿Cuántas batallas le quedarían por librar? Había pasado la cincuentena y aún se sentía vigoroso, pero sabía que no podría aguantar mucho tiempo ese ritmo. Aun así, debía fingir que podía. Debía seguir al frente de cada batalla; se negaba a dirigirlas desde la comodidad de la tienda. Él no era de esos y forzaba a que su entorno tampoco lo fuera. Un comandante, fuese señor o no, debía liderar la carga. Esa era la única manera. En el fondo, tenía un miedo inconfesable de que, si no lideraba él mismo las tropas, estas no obedecerían. Al menos, no de la misma forma.
«Es más difícil comandar tu ego que cualquier ejército», le dijo una parte de él. Y no le faltaba razón.
Tenía mucho trabajo y quería acabarlo cuanto antes; seguiría avanzando hacia el este para cortar el paso por allí también. Dejaría Ross decentemente guarnecido y con armas y protección suficientes para los habitantes. Quería que enseñaran a los habitantes de Ross a empuñar una espada.
—Bert —llamó a su ayudante. Siempre dejaba la puerta de su lugar de trabajo abierta, para que Bert le escuchase cuando le llamase y para que los que pasasen por ahí le viesen trabajar. «Si me ven trabajar, quizá se sientan avergonzados de estar holgazaneando y se pongan a hacer algo de provecho»—. ¿Cómo van los enterramientos?
El muchacho entró corriendo en la estancia.
—Todo va según ordenaste, mi señor. Los hertis a las afueras de la ciudad y los cuerpos de los vecinos de Ross han sido entregados a sus familiares. La mayoría los enterrarán en la extensión del camposanto que estamos construyendo.
—¿Se ha repartido ya el botín?
—Se está encargando Argas de ello. Las armas y los escudos están en el patio, sobran muchos y Argas dice que os los llevaréis a Pozalagua. Hay poco oro y se quedará en las arcas de Ross, para reconstruir, guarnecer y alimentar la ciudad.
Alrojer sabía de sobra aquella información, pero quería contrastarla.
—¿De cuánto oro estamos hablando? —De nuevo, sabía la respuesta. «Cinco mil setecientos kadavos en monedas de oro, que no es lo mismo que en plata. Cincuenta y siete monedas de cien kadavos». La plata ni se molestó en revisarla.
—Cincuenta y seis monedas de oro, de las grandes. Bueno, eh... grandes no son, pero me refiero a las más grandes de las dos.
«Alguien se había cobrado su comisión. A ver dónde gastas la moneda de oro, miserable. El oro deja más rastro que un corzo en un día lluvioso».
—Te entiendo Bert, sí. —Trató de no perder la calma; su ayudante era muy servicial y útil, pero no muy audaz—. Las monedas de oro pequeñas son las de cincuenta kadavos y las grandes, de cien. Y son minúsculas las dos, sí. ¿Han llegado los exploradores?
—Dos de ellos, sí. Al oeste no hay un solo herti y el explorador dice que cree que la costa no está tomada hasta muy al sur. En cuanto al sur, dice que los hertis más cercanos están por lo menos a veinte leguas.
—De acuerdo. ¿Han dado problemas los prisioneros?
—No, no ha habido ninguna resistencia, que yo sepa. Los soldados siguen ayudando en la reconstrucción. Los nobles están en las mazmorras.
—Decidle a Argas que ponga precio a todos los nobles, a excepción de Raymond Grantham.
Habían capturado a varios miembros de familias de alta cuna, o no sabía cómo nombrarlos, pues Hertford no era un reino, era... no sabía qué demonios era aquel maldito lugar.
—¿Cómo evolucionan los heridos?
—Diez han muerto. De vuestras huestes, ninguno. Rud Beretton sigue grave; los cirujanos debaten si amputarle la pierna.
El balance de su carga se saldó con dieciséis muertos. Muy pocos, pero eran dieciséis vidas cercenadas, dieciséis familias rotas. Y cuántas quedarían por romperse. Dos vasallos de Tape, Manak Laren y Ralf Tenan, ambos cabezas de familia; un primo de Tape; otros dos vasallos de Wanderbeck, primogénitos de los Lark y Mantenan; y los demás eran caballeros, suyos cinco. Les había escrito una carta a cada familia; era lo mínimo que podía hacer en esos momentos. A la vuelta, aclararían asuntos económicos, si es que era posible.
—¿Han salido ya Arnault y los demás?
—Sí, al amanecer.
—Y una última pregunta, ¿dónde demonios está Nast?
—Eh... ha llegado tarde esta noche y creo que no se encuentra en disposición de servirle.
—Haz el favor de recordarle que es el escudero del señor de Puerto Umbría y que más le vale que no se lo tenga que recordar yo en persona —perdió el control de sus emociones y golpeó con fuerza la mesa con su puño; el tintero se agitó y un reguero de tinta corrió entre unos documentos. No le prestó atención—. Luego límpiame la mesa, por favor. Dile a ese inútil que le espero en el patio de armas.
Aquel Nast no pensaba más que en vino y en follar; estaba cansado de aguantar sus insolencias. Si las aguantaba, era únicamente por el respeto que le tenía a su padre, pero su paciencia llevaba tiempo agotándose. Y, si se le agotaba, el respeto que tenía hacia su padre no le salvaría. No quería estar rodeado de inútiles e irresponsables.
Subió un momento a la almena; quería respirar aire fresco. Observó las vistas espléndidas del valle por los cuatro costados y bajó al patio de armas. Era un patio pequeño, suficiente para aquel modesto castillo. El armamento estaba ordenado en montones: espadas, lanzas, hachas y manguales, dagas, petos, botas, y el último montón, de restos de armadura. Como siempre, el montón de las dagas era más pequeño que el resto: era lo más fácil de robar.
Y, como siempre, el dichoso Nasten llegaba tarde. Es lo que pasaba cuando se criaba a un hijo consentido. Se entretuvo mientras tanto observando los arcos del patio y tratando de imaginarse cómo fue la incursión. ¿Por dónde entraron los hertis? Un arquero le había jurado que la única poterna estaba vigilada.
—Mi señor —la voz jadeante de su escudero le cortó sus cavilaciones—. Mi señor, disculpad el retraso.
—Te disculpo; con tu retraso no hay nada que hacer.
El sinvergüenza seguía medio borracho y, por la flacidez de su boca, acababa de vomitar. Su pelo rizado estaba grasiento y sucio, y no se había atado la camisa ni las botas. Una imagen deplorable, impropia del escudero del señor de Puerto Umbría. Cada momento que pasaba con él, su imagen se veía afectada.
Nast fue a hablar, pero Alrojer levantó la mano para que se callara.
—Milani —llamó al hijo de Kot, que paseaba por los arcos—, acercaos un momento, por favor. Los hertis debieron entrar por alguna entrada secreta; averiguad cuál es. Mirad los pozos, registrad las mazmorras; la entrada debe de estar por alguna parte. Si la encontráis, selladla. Es posible que solo los Invis la conocieran. —Cogió al joven del hombro y se lo llevó a los arcos—. He oído que Beretton sigue grave. Uno de nuestros cirujanos se quedará aquí en Ross con vosotros.
—¿Nos quedamos en Ross? —preguntó el muchacho, asombrado.
—Pienso nombrarte regente de Ross —le dijo al oído—, hasta que Rheinar nombre a alguien.
Hertford debía de tener algún plano del castillo, era imposible que encontraran el otro lado del pasadizo por su cuenta. Puede que hubiese un traidor entre ellos y seguro que seguía vivo, y posiblemente lejos.
—Nast —volvió al centro del patio—, te hacía falta una cota de mallas, ¿verdad? Coge una que te quede bien y también un yelmo decente. Eso sí, tu yelmo actual lo dejas aquí para que otro lo aproveche. También quiero que subas y te laves concienzudamente. Ah, y coge una de esas dagas y cámbiasela al sastre por una camisa y unos calzones.
—¿Cambiar una daga por una camisa y unos calzones?
—Sí, eso he dicho, no me hagas repetir las cosas. —Él mismo se agachó, cogió una daga resplandeciente y se la puso en el pecho. Le pilló por sorpresa al escudero—. Antes he visto al sastre mirar con deseo el montón de las dagas. Estoy seguro que aceptará el trueque. Tienes que estar más atento a lo que sucede a tu alrededor; si no, no vas a saber gestionar las propiedades que heredes de tu padre. Aunque, claro, para eso hay que estar.
Cuando Nast se hubo marchado, fue en busca de Argas. Tenían que bajar a las mazmorras a hablar con Raymond. No fue difícil encontrarlo: estaba en las caballerizas contando los caballos.
Mientras bajaban por las escaleras circulares, Alrojer le preguntó por su escudero.
—Pues la verdad es que estoy muy contento con él, es obediente y diligente —le comentó el de Beck.
—Claro, tú has cogido al hijo menor de Bogan Marke. De familia humilde, dispuesta a ayudar y prosperar. No como el advenedizo del mío, que, por ser heredero de un linaje medianamente conocido, se cree intocable. Espero deshacerme pronto de él.
—Tanto como familia humilde... Los Marke cuentan con amplio territorio a su cargo. Tienen dos bosques y surten de madera a casi todo mi señorío.
Debatiendo sobre escuderos y linajes, llegaron a las mazmorras, donde dos guardias los escoltaron hasta la celda de Raymond. Por el camino, varios hombres destacados de Hertford intentaron captar su atención. No tenían tiempo para ello. Uno de los guardias abrió la celda y se retiró junto al otro frente a la puerta.
La celda no era tan oscura ni tan húmeda como las de su castillo, Torresal, pero tampoco resultaba agradable. Estaba bien iluminada por la luz de las numerosas antorchas del pasillo. Tan solo había un pequeño taburete y un cubo para los excrementos. Ese tipo de presos normalmente no estaban en celdas, sino en alguna torre y, muchas veces, con libertad de movimiento. Pero este era un caso distinto: Raymond no era un señor rebelde o un conspirador; era uno de los generales de un país que había invadido Kadavnia. Podía agradecer no estar encadenado contra la pared.
Al saludarlo, Argas se detuvo, sorprendido, mirando fijamente a Raymond. Después volvió la mirada a Alrojer. Parecía que había visto un fantasma. Le dieron ganas de preguntarle qué le pasaba, pero no podía hacerlo delante del recluso. «¿Estará intimidado por la presencia del general?».
—Buenos días, Raymond —lo saludó cortésmente. Argas hizo lo mismo.
—Buenos días, mis señores —dijo Raymond con un marcado acento herti.
—Creo que hay muchas cosas que nos tenéis que contar.
—Preguntadme lo que queráis saber y os responderé.
El general se veía demacrado físicamente, pero sereno mentalmente. Tenía pelo negro, una cicatriz encima de la ceja derecha, una nariz ganchuda y la barba perfectamente recortada. «Ya tendrá tiempo de crecer en estas celdas». Su mirada era severa, aunque Alrojer pudo ver un atisbo de cansancio en ella. Aprovecharía aquello.
Por una parte, se sentía complacido de tratar con un igual suyo de Hertford. Aquel hombre parecía tener compostura, más que muchos de los que estaban en la corte de Rheinar. Por otra parte, no debía olvidar que era el asesino de Deli Invis y uno de los responsables de la invasión del sur de Kadavnia.
—Muy bien, comencemos por el principio. ¿Por qué habéis atacado e invadido nuestros territorios?
—Por supervivencia.
—Sed más extenso en vuestras respuestas —inquirió Argas.
—Resulta que cada vez nos es más difícil comerciar con vuestro reino —Raymond se irguió en el taburete—: las tasas de exportación a vuestros puertos no hacen más que subir y no podemos vender los pocos productos que tenemos. Sabéis que nuestro territorio es prácticamente un gran páramo y que necesitamos de productos y bienes de vuestro territorio para subsistir, y no hacéis más que encarecerlos. ¿Qué otra opción teníamos?
—Por lo pronto, y sin tener que pensar demasiado, negociar. No creo que una guerra sea beneficiosa para ninguno de los dos territorios.
—Y mucho menos para el comercio —añadió Argas.
No había duda de que la expresión de Raymond Grantham transmitía seguridad. Contaba su verdad, pero su verdad y la de él no eran la misma.
—Ahora que sabemos la causa, ¿cuáles son vuestros objetivos?
—Simples y de vuestro conocimiento, y más para vos, Alrojer. Tengo entendido que sois un gran estratega —le miró con un extraño brillo en los ojos—. Queremos conseguir el máximo territorio posible para poder sentarnos a negociar con mayor poder de... convicción.
Aquel negociar tuvo una intención clara de provocación, pero él no cedía ante esas absurdas acciones.
—Lo habitual suele ser primero tratar de negociar y, si no, atacar. No al contrario.
—Decídselo a Randor. No creo que en Kadav estén satisfechos con su manera de negociar.
De nuevo, lo mismo.
—Randor hace tiempo que no es rey de Kadavnia.
—Y menos mal —dijo, soltando un bufido—. Su majestad fijaba todos los precios de los puertos de vuestro reino. Relkor, al menos, dejó a cada señor elegir libremente la tasa que aplicaba en su puerto. Por algo desaparecería, o le harían desaparecer. De todas formas, tampoco era un sistema que agradase en exceso, ya que algunos señores, como vos, Alrojer, habéis sido excesivamente duros con Hertford.
—¿Y Kadim?
—Fue uno de los mejores puertos, a decir verdad.
—Entonces, ¿por qué les atacasteis a ellos y no a nosotros?
—¿Atacar un bastión inexpugnable, la ciudad que nunca ha sido tomada, o una playa con una bahía indefendible? Vosotros me diréis.
—Ahora que habéis fracasado en Ross, ¿hacia dónde os vais a dirigir?
Se dio cuenta al instante de que no había formulado la pregunta de la mejor manera.
—Creo que yo no muy lejos, pero eso os compete a vos.
—Me refiero a Basilion —contestó pacientemente.
—No os hagáis el gracioso, Raymond, no estáis en posición de hacer bromas —le amenazó Wanderbeck.
—Seguramente avanzarán hacia el este. En estos momentos, es muy probable que Belizer y Costa Brava sean dos ciudades más en nuestro mapa. Después, subirán hacia el norte y seguirán de nuevo hacia el este; si pueden, hasta Esterium o hasta donde les dejéis llegar.
—¿Por qué asesinasteis a Deli Invis?
—Son cosas que pasan en las batallas —se encogió de hombros.
—Estaba rendido y desarmado.
—Como me encuentro yo ahora.
—Con la gran diferencia de que tenéis ante vos a dos señores, no a asesinos —le miró con solemnidad—. Sois una persona vil y cruel.
—Tenemos en común muchas más cosas de las que pensáis, Alrojer —le volvió a mirar con aquellos ojos oscuros brillantes.
—No me considero vil ni cruel —concluyó—. Muy bien, de momento no tengo más preguntas. —Se dio la vuelta para salir—. Guardias —llamó.
—¿Qué será de mí?
—Preguntádselo a Basilion. Vuestro futuro está en sus manos.
Los guardias les abrieron la celda y Alrojer sostuvo la puerta para que Argas saliera primero. Cuando ya encaraban el pasillo en dirección a las escaleras, oyeron la voz de Raymond de nuevo.
—Decidle a ese bastardo —gritó mientras zarandeaba las rejas de la celda y pegaba su cara en ellas— que tarde o temprano recuperaré mi espada.
«Así que tú también puedes perder la compostura».
Al final salieron de aquella pocilga y pudieron respirar aire fresco de nuevo. Argas volvió a sus funciones: dejar el castillo lo mejor guarnecido posible. Alrojer, por su parte, continuaría planeando el avance de la campaña; tal y como habían previsto, se dirigirían al este, a Pozalagua.
A esas horas, Deli Tape estaría enterrando a su hermana Elisa y al esposo de esta, Deli Invis, quien fuera señor de Ross. También a sus hijos. Había pedido intimidad, y se la habían dado. Le habían librado de sus cargas e insistido en que se quedara en Ross, pero se había negado: saldría con ellos al día siguiente.
Mientras subía las escaleras hacia sus habitaciones, se acordó de su collar. Se palpó el pecho, pero no lo tenía. ¿Dónde lo había dejado? Se le hizo un nudo en el estómago y comenzó a ponerse nervioso. En la batalla no lo había perdido, ya que después de ella fue a la capilla a rezar con el collar puesto. Después, se tomó un baño. «Ahí me lo quité, y cuando volví de tomar el baño, ya no estaba en la mesa. Al no verlo, no me acordé de él. ¿Cómo he sido tan idiota?».
—¿Se encuentra bien, mi señor? —Bert había entrado en sus habitaciones y le había visto cabizbajo, agarrándose la cabeza con las dos manos.
—Bert, ¿has visto mi collar? El que tiene una llave.
—No, mi señor.
Le creía. Su ayudante era incapaz de hacer nada malo. Su comportamiento era siempre excelente.
—Llama a Nast, por favor.
Esperó al escudero con paciencia e intentó no perder la calma. ¿Cómo había podido perder la llave?
Cuando llegó el escudero, no perdió un segundo en interrogarle.
—Nast, ¿cogiste mi collar mientras me bañaba?
La cara del joven palideció de pronto, como si se acabara de acordar de algo malo repentinamente. «Ha sido él, no hay duda».
—Nast, te he hecho una pregunta. Dime, ¿cogiste el collar?
—Sí, mi señor —no paraba de asentir con la cabeza, aterrorizado.
—Devuélvemelo inmediatamente.
El escudero salió presto de sus habitaciones y volvió en apenas unos instantes con el collar de oro en sus manos temblorosas.
—¿Dónde está la llave?
—La llave...
—¿Dónde está la llave? —repitió. Se le estaba agotando la paciencia.
—La perdí.
—¿Cómo que la perdiste, inútil? ¿Dónde está la puta llave? Cuéntame ahora mismo todo lo que hiciste si no quieres pasar el resto de tu vida en la celda más húmeda de Torresal.
Las últimas palabras las murmuró entre dientes, pues la puerta estaba abierta y Arman Salen, señor de Valle del Olvido, pasó por el pasillo y miró asombrado. Alrojer cerró la puerta y le hizo un gesto a Nast para que continuase.
—Yo... estaba con una muchacha...
—Con una puta, ¿verdad? —lo interrumpió.
—Bueno..., lo cierto es que no. —El joven no paraba de temblar y Alrojer no paraba de enfurecerse—. Conocí a una muchacha y mientras... eso, me robó la llave.
—Espera un momento, ¿me estás diciendo que mientras estabas fornicando con una moza de taberna, esta te robó la llave? No me creo que una moza se atreva a tanto.
—Por el vestido que llevaba, parecía noble, mi señor.
—Entonces, menos probable aún. —Perdió los nervios por completo y lo agarró con fuerza del cuello de la camisa—. ¿Me quieres contar de una maldita vez la verdad o quieres pasarte en vanguardia el resto de la campaña?
—Está bien, sí, la violé. Vi a esa chica rubia aturdida en la calle y la violé. Mientras la penetraba me arrancó el collar con la llave.
—¿Me estás diciendo, Nast —le zarandeó con toda su fuerza—, que me robaste el collar y que además violaste a una mujer? ¿Y que esa mujer te robó la llave?
—Pero recuperé el collar. Es lo más importante, ¿verdad? Es de oro. La llave era vieja, y seguro que cualquier herrero la podrá replicar con las debidas indicaciones.
—¿La podrá replicar? —repitió histérico.
A continuación, le cruzó la cara con la mano derecha del revés. El joven retrocedió, asustado, llevándose la mano al rostro, con los ojos llorosos. Le habría dado una y mil veces, pero la voz de Raymond retumbó en su cabeza: «Tenemos en común muchas más cosas de las que pensáis, Alrojer». Y, más aún, la respuesta que él le había dado: «Yo no soy vil ni cruel».
—Vuelve a la ciudad y recupera ahora mismo esa llave —le dijo, bajando el tono, pero manteniendo la misma ira en sus palabras—, y no toques un pelo a la muchacha.